Hace no mucho tiempo fui de paseo con mi hijo pequeño llamado Beñat a Bilbao. ¿La hora? pues sería pronto, las diez de la mañana más o menos.
Y teníamos un plan, un objetivo: "llevar pan a los patos del parque".
Beñat es un niño especial, como me imagino que verán todos los padres y madres a sus hijos. Para mi mis hijos son como pequeños duendes que cada día me sorprenden con algo nuevo y fantástico.
Y esta es la fotohistoria de:
"El día que los patos no quisieron pan"
La ruta la tenía bien pensada. Salida del museo Guggenheim, donde se quedaría el resto del grupo visitando la exposición del momento y llegada al parque en aproximadamente quince minutos. El que tenga un hijo de tres años sabrá que hacerse una idea de cuando llegar con ellos de la mano a los sitios es algo imposible.
Pero el gran Beñat tenía algo en mente y eso hizo que llegáramos incluso antes.
Fué entonces, al llegar, cuando me pidió que le diera el pan seco que con tanta insistencia me había recordado que llevara desde primera hora de la mañana "aita, el pan para los patos"... que dicho en su lenguaje de niño de tres años es más bien algo así como "aita, patos pan". Pero yo le entendí rápido, no problem. Saqué el pan con su correspondiente papel albal que lo protegía y se lo entregue junto con una pelota de tenis.

Al llegar ya me temí lo peor. No había casi patos, ni cisnes, ni pájaros. ¡Qué raro! pensé. Pero Beñat tenía una misión y la llevaría a cabo, incluso sin patos a la vista.
¡El lanzaría el pan lo más lejos que pudiera y luego esperaría! Tenía una misión y la cumpliría. En su pequeña cabecita seguro que pensaría, "aquellos patos dependían de aquella comida para seguramente sobrevivir".
Ya colocado en el borde del estanque su primer lanzamiento no fue más allí de su propio zapato derecho. Pero el no se amilano. Recurrió al patadón y entonces si que avanzó aquel mendrugo un par de metros. "Aita, no patos" me dijo entonces al percibir que su trozo de pan se hundía inexorablemente en aquellas turbias aguas.
Mientrás le sujetaba con una mano, con la otra, cámara de fotografía en mano, yo intentaba enfocar lo único que en ese momento llamaba mi atención. La gran fuente, que lanzaba el agua a gran altura para luego, por efecto de la gravedad, volver esta a caer.

Cinco minutos después se produjo el desencuentro. "Aita, vamos" y cogiéndome la mano me hijo me llevó hacía otra de las zonas del parque. Pero ni señales de las aves. Al asomarnos a la zona donde aquellas aves descansaban me dí cuenta de que aquellos patos estaban cebados. Claro, de tantos panes traidos por niños de las manos de sus padres y madres estaban ya demasiado gordos para volar. En fin, el caso que no quisieron nuestro pan.

Tras arrodillarme y ponerme a su altura le expliqué que los patos habían ya desayunado y que guardaríamos el pan para otro día. Eso no le convenció y haciendo un puchero (de esos que solo saben los niños hacer) me toco el alma.

Entonces se me ocurrío otra idea. Le enseñaría las fotografías que yo había hecho.
Y enseguida me dí cuenta de algo que todos sabemos. Los niños imitan lo que los padres hacemos. Si estamos barriendo, ellos hacen que barren. Si estamos leyendo, ellos hacen que leen. Si estamos sacando fotos, ellos hacen que sacan fotos.
Entonces comprendí lo que mi hijo quería hacer. Apoyando en su cara la pequeña barra de pan daba a entender que el era también un fotógrafo. Y no era mala idea la verdad.
El pan, digo, la cámara era un modelo biodegradable reversible de color naranja pan.
Con un pequeño gran angular (me encargué de hacerle un agujero) y una resolución de al menos un trillón de píxeles mi hijo se convirtió en un consumado fotógrafo. Su pequeña chata naríz quedaba apretada cada vez que el buscaba la mejor postura para realizar sus fotos. Y su dedo lo ponía en la parte superior presto para apretar aquel botón invisible. ¡Sabía bien lo que hacía!.
Entonces el paseo se convirtió en toda una aventura. Yo le observaba sin querer reírme, ya que Beñat es mucho Beñat y no quería dañar su autoestima. Tras posar para el un rato le sugerí (ahora el era el jefe) ir a ver la ría de Bilbao a lo cual el consintió no sin antes guardar su cámara en un bolsillo de su chaqueta.

Ya para entonces me había dado cuenta que había cometido un fallo de padre novato (imperdonable por otro lado).
No había cogido comida para el pequeño, me refiero a alguna galleta o fruta que pudiera tener entretenido su estómago, que aunque pequeño de tamaño grande al ingerir alimentos.

Por lo que al de poco sus manos toqueteaban el pan como decidiendo si por arte de magia volver a convertirlo otra vez en aquello que ahora el más añoraba, un pan para ser comido.
En la ría el estuvo prudente, como un buen profesional, muy templado y observador. Saco fotos de los barcos que lo atravesaban e incluso de alguna gaviota extraviada que surcaba los cielos.

Pero el hambre apretaba y aquella cámara, pues era muy apetecible. Pero Beñat es mucho Beñat.
Por suerte un pequeño bar de los alrededores del museo ofrecía pequeños bocadillos y allí pudo saciar su siempre voraz apetito.

Ya de vuelta al Guggenheim una pequeña sorpresa nos esperaba. Un perro paseaba a su dueño encaramado a uno de los laterales/asientos del puente del museo.
Aquello para Beñat fue todo un descubrimiento. Y he aquí donde ya la cámara tuvo que rendirse a su naturaleza de pan.
Beñat, ante los continuos esfuerzos del perrito por conseguir un trozo de pan no dudo ni un momento en arrancar un trozo, de aquella, su primera cámara de fotos y ofrecérselo al gracioso canino.

Tras despedirse con mucha pena del ahora su nuevo amigo y con el resto de la cámara esparcido en migas por sus manos (es lo malo que tiene ser un pan duro) todavía tuvo fuerzas (y ganas) para acompañarme a lo alto del puente de Rontegui, donde desde pude sacar unas interesantes fotos de la ciudad de Bilbao.

El, desde aquella altura, rindió un último homenaje a su primera cámara de fotos lanzando las migas de pan al aire para ver como al de un rato (es un puente muy alto) caían al agua de la ria.

Para mi fue un paseo muy especial. Uno con mi hijo pequeño que me hizo sonreír mucho. A pesar de que aquellos ingratos patos no quisieron saber nada de nuestro pan, el tuvo la capacidad de convertir aquello en algo bueno.
Gracias Beñat, eres grande a pesar de tus tres añitos. Tu aita que te quiere mucho ;-)
(Poco a poco y para completa la historia iré poniendo las fotos de aquella inolvidable jornada).