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El yo - yo
Raiki vivía en “la isla de los cebollines”, un pueblo que tenía una plaza que tenía una fuente que tenía un agua mágica. Y era mágica porque cambiaba de color según cómo se sintiera quien se reflejara en ella; por ejemplo, si al asomarte estabas triste, el agua se ponía gris o negra; si estabas contento, el agua cogía tu color favorito o mil colores. Ese era el secreto del agua de la fuente de la plaza del pueblo de Raiki.
La tía de Raiki le había regalado un yo-yo por su cumpleaños: era un yo-yo muy especial, porque se lo habían regalado a él y llevaba su nombre, por que era de un color azul brillante muy bonito y porque era el primer yo-yo que tenía. Era un tesoro para él. Siempre lo llevaba en el bolsillo, eran inseparables. Hasta dormía con él debajo de la almohada, y se lo ponía junto a la taza de leche mientras desayunaba.
El sábado por la tarde Raiki decidió ir a la plaza de la fuente a jugar un poco con su yo-yo. Ya tenía mucha práctica, y lo hacía bailar muy bien. Pero en una de estas lo impulsó tan fuerte que se le escapó del dedo y... ¡ploch!, cayó a la fuente del agua mágica. Raiki se acercó corriendo y se asomó asustado. El agua era de color gris claro. El yo-yo no estaba, el agua se lo había tragado. Raiki empezó a ponerse triste, cada vez más triste; y el agua gris fue oscureciéndose. Raiki pensó que nunca más volvería a encontrar su yo-yo, y que nunca más volvería a tener otro yo-yo, y que su tía se enfadaría mucho con él. Y el agua fue poniéndose más oscura hasta que se volvió negra del todo. Y Raiki se asustó, nunca había visto el agua tan negra y oscura, no se atrevía ni a meter la mano para buscar su tesoro, ya que pensó que el agua también se lo tragaría a él.
Cuando Tanny se enteró del problema decidió ir en persona al pueblo. Se puso las gafas y acompañada del gusano se sumergió en la fuente para buscar la solución.
Al de un rato hizo llamar a Raiki y cuando el se acerco a la fuente no vio a Tanny.
Entonces vio algo que le llamó la atención: en una esquina de la fuente salían unas burbujas y asomó la cabecita un “gusanito” pececito naranja, que le dijo:
– ¡Venga, no nos hagas esto, deja de pensar cosas tristes que el agua se nos pone negra y no vemos nada!
– ¿Y qué puedo hacer yo, si he perdido mi yo-yo?– dijo Raiki, ahora un poco enfadado.
–¿No conoces el secreto del agua mágica?– le preguntó el gusano sabelotodo pececito a Raiki
Raiki dijo que no con la cabeza.
– Pues piensa en algo bueno, en qué puedes hacer para recuperar tu yo-yo o en qué te gustaría que ocurriera, y ya verás como vuelven los colores a esta fuente y los peces que vivimos aquí volveremos a poder nadar sin chocarnos unos con otros.
Raiki pensó: “pero si he perdido mi yo-yo, y eso no tiene nada de bueno ¿Qué puede ocurrir que sea bueno?” Pero quiso intentarlo, ya que el pececillo le pareció simpático y al fin y al cabo él les había oscurecido el agua. Y enseguida se le ocurrió algo: quizá aún pudiera encontrar su yo-yo y si cambiaba el color del agua se atrevería a meter la mano, e incluso a bucear en la fuente para buscarlo. Así que Raiki se concentró y se puso a pensar en cosas buenas: “en cuanto el agua se aclare recuperaré mi yo-yo, pero si no lo encuentro mi tía no se enfadará conmigo, porque lo he perdido sin querer, y mi amigo Rufo me dejará el suyo, que para eso es mi amigo”. Y, así, el agua fue cambiando de color, y se llenó de mil colores, y el reflejo de Raiki era como el arco iris.
Y no hizo falta que se metiera a bucear en la fuente –aunque lo hubiera hecho–, porque bajo el agua de colores vio brillar el azul reluciente de su yo-yo. Con una gran sonrisa en la boca lo rescató y enseguida lo empezó a hacer bailar.
El gusano pececillo naranja se asomó y le guiñó el ojo.