"El Dragón Encantado®" por Donibane | 2009
> Versión en español - ¿A que edad se pierde la imaginación? - me preguntó mi hijo sin yo esperarlo. Esas cosas tenía mi hijo, siempre me sorprendía con sus preguntas.
- Pienso que uno la pierde el día que se hace mayor, - le dije casi automáticamente, sin pensar mucho en ello y lo que suponía decirlo.
Y entonces mi hijo, con gesto preocupado, me dijo que el nunca se haría mayor. Que eso sería muy aburrido.
Luego, durante la cena, estuve pensando en ello. En sobre cuando dejamos de hacer eso. Hacernos mayores y dejar de imaginar.
Y recordé un cuento que me había contado mi abuela (o quizás lo había soñado) que trataba aquel tema.
Y le faltaban partes, por lo que tuve que recurrir de nuevo a aquello que pensé que había perdido al hacerme “adulto”. Y allí estaba, como escondida en el laberinto de mis recuerdos.
Y poco a poco, mentalmente, volví a reconstruir hasta completarlo como un gran puzzle.
Al acostar a mi hijo, como todas las noches hacía, me senté un rato con el para hablar de lo que había sido el día que ya se apagaba, y de paso, leerle pequeños fragmentos de algún cuento.
Recuerdo que un buen día llegué a la definitiva conclusión que no hacía falta inventarse los cuentos, cosa que yo si había hecho siendo niño (al menos intentado), ya que estaban todos contados. Alguien ya lo ha hecho antes, por lo que no tengo que pensar ni imaginar yo.
Quizás esa idea es la primera forma de hacerse uno mayor.
Pero estaba claro, ¿cómo iba yo a superar o igualar a aquellos grandes escritores/as?
Eso era imposible.
E imposible es quizás una de las palabras contrarias a imaginación.
Todo es posible en el mundo de lo que uno inventa e imagina.
Es como la magia, ahora no existe y ahora si.
Además, uno debe hacer que el viento soplé en sus velas, no esperar que lo haga por su cuenta ya que puede no llegar nunca o al hacerlo, no estar en el momento y en el sitio adecuado.
Para empezar a soplar una primera reflexión. El cuento del Dragón Encantador® no tendrá capítulos, ya que era un cuento diferente. Y como era mi cuento haría lo que quería con el.
Eso haría además que cada lector/a empezara y acabara cuando quisiera y no pensar en la tiranía de tener que acabar un capítulo. Eso, claro está, cuando fuera llevado a un bonito libro ilustrado por mi mismo.
Tras hablar de lo que había sido el día en la escuela dije a mi hijo que por arte de magia la imaginación había vuelto a mi.
Y entonces le hablé del cuento y me suplicó que se lo contara aquella misma noche, cosa que yo procedí a hacer con mucho gusto.
Y el cuento empezaba como todos los cuentos.
"Érase una vez un Dragón Encantador que nunca había sido visto por nadie y que como en todos los cuentos de verdad aquél tenía una profecía, que no es otra cosa que cuando alguien dice que algo “importante” pasará en el futuro.
La profecía decía que un día, un valiente lucharía y conseguiría el poder del Gran Dragón, pero que antes muchos otros fracasarían.
La gente del pueblo donde el supuesto Dragón vivía habían sabido de su existencia gracias a que de generación en generación, de padres a hijos, de abuelos a nietos, lo habían ido contando.
Y nombrar al Dragón de aquel pueblo era como para otros pueblos nombrar al hombre del saco, o al lobo feroz.
Si no haces esto o aquello vendrá el Dragón y ya veremos que hace contigo decían los mayores a los más pequeños. Y eso daba mucho miedo. Y entonces, los niños hacían los deberes, se limpiaban los dientes e incluso (cuando el miedo era ya muy grande) hacían sus camas al levantarse.
Los padres y madres, que antes habían sido hijos y también habían sido niños, tampoco lo habían visto nunca, ya que todos habían obedecido cuando había sido nombrado.
Solo oír la palabra Dragón les hacía rápidamente efecto y corrían para hacer sus pequeñas labores.
Pero un buen día, como siempre ocurre en todos los buenos cuentos, un niño no obedeció. Y no solo eso, sino que además dijo a sus padres que el no tenía miedo al Dragón y que si aparecía le daría con su espada de madera en toda su cabezota.
Los padres asustados al ver que su hijo no hacía caso y además, retaba al Dragón, decidieron ir a visitar a la persona más anciana del pueblo. Era la llamada Abuela por todos.
La abuela les escuchó, a pesar de casi no poder ya oír bien. Por cada palabra que los padres de aquel niño rebelde decían ella decía “más alto por favor, que no oigo bien”, por lo que la conversación les llevo casi toda la mañana.
Mientras, el niño en casa, pensaba en las posibles consecuencias de sus actos.
Si el dragón aparecía solo tendría una oportunidad. Y la aprovecharía. Por lo que además de la espada tendría a mano el escudo, que aunque también de madera seguro que le protegía de sus escupitajos de fuego.
Si el dragón aparecía solo tendría una oportunidad. Tendría una vela preparada para quemarle si se acerca.
Si el dragón aparece solo tendría una oportunidad. Cogería piedras del campo y las tendré preparadas para el combate.
En el otro extremo del pueblo, los padres de aquel niño tan valiente como desobediente escuchaban las palabras de la anciana Abuela.
“Si el niño no quiere obedecer y si al dragón no teme ver, entonces antes de dormir debéis darle este brebaje que le hará tener que enfrentarse a el. Y no os preocupéis, ya que al volver del sueño será como debe ser”.
¿Y como lo sabes?, preguntaron al unísono los incrédulos padres. Y la abuela con su mal de oídos, les hizo repetir la pregunta, hasta finalmente decirles antes su asombro “lo sé porque yo estuve de niña allí”.
Al llegar a casa los padres se encontraron con que no podían entrar en la habitación de su único hijo. Tras llamar y llamar y mucho aporrear aquella puerta, el hijo preguntó la contraseña, la cual evidentemente ellos no sabían.
Al probar con todas aquellas palabras que les pudieran sonar a contraseña, como podían ser “búho, luna, noche, oso” y ver como no lograban el efecto deseado, negociaron al menos una tregua, por la que la puerta sería un poco abierta para así poder entregarle las provisiones necesarias en forma de sabrosa cena.
La bandeja además tenía un gran vaso de leche, donde habían ya echado aquel líquido entregado por la Abuela que le haría enfrentarse a aquel que el había retado.
¡Estaría de guardia toda la noche! Eso lo tenía ya decidido aquel niño, que se llamaba Enabinod.
A pesar de sus ocho años aparentaba al menos nueve. Era de los más grandes de su clase. Y aunque algún otro niño se le había enfrentado, todos habían sido derrotados por el. Y no por su fuerza, ya que pocas veces llegaban a las manos, más con su ingenio y su fácil verborrea.
Eso le hacía muy popular, pero no como a el le hubiera gustado, ya que no tenía amigos.
Pero eso no le importaba. O eso les decía. Pero claro que si le importaba y mucho.
Una vez casi tiene un amigo. Pero no sabe aún muy bien las razones el día que por fin iba a pescar acompañado de un amigo, no se le ocurrió otra cosa a Enabinod que echarle al río al otro niño, que aunque no cubría mucho si hizo que se empapará y fuera a casa llorando.
- Me dijo que los peces no picarían si no ponía un gusano - dijo a sus padres cuando le preguntaron por su comportamiento.
Y sus padres le explicaron que eso no era ofensivo, que los amigos son los que primero nos hacen ver las cosas, nos guste o no, las buenas y las malas. Que ese era un buen amigo.
Y Enabinod no lo entendió:
- ¡Un amigo no hace eso gritó¡ Un amigo no. - Y como nunca había tenido un amigo no podía entender lo que sus padres le querían explicar. - Mejor jugar con uno menos que con uno que nos estropea todos los juegos.
A el le gustaba jugar por su cuenta y por eso, cuando lo tenía que hacer en grupo lo hacía siempre ayudando al equipo contrario. Y se reía cuando marcaba un gol en propia meta. Y se reía, cuando jugando al escondite decía donde estaban escondidos los de su grupo. Y se reía de todo.
Y estaba muy solo.
Pero ya no podía cambiar. No sabía como.
Y encima ahora debía enfrentarse el solo al Dragón. Y si lo hacía era para enseñar a los demás lo valiente que era. Acabaría con aquel monstruo y sus compañeros serían libres, no tendrían que hacer ya nada más, ni ir a clase, ni ayudar en casa, nada de nada.
Soltar la espada para comer aquel bocadillo había hecho que perdiera parte de su defensa. Pero incluso con aquel pan en la mano podría luchar contra el Dragón. Y se lo hizo saber levantando violentamente el trozo de pan en el aire mientras parte del mismo se desperdigaba por la habitación.
Después, una vez lo hubo acabado de exactamente treinta y dos mordiscos (le gustaba llevar la cuenta de sus hazañas) se tomo aquel gran vaso de leche de un trago (otra hazaña más para rememorar en el futuro).
Iba a ser una noche muy larga y aunque no había estado nunca despierto hasta el amanecer, pensaba que ya había llegado la hora de hacerlo.
- Ya soy mayor y podré aguantar” - dijo a su muñeco de trapo Tobby con el que siempre dormía abrazado.
Sentado, con la espada en una mano y el escudo en la otra empezó a cantar canciones que espantarían sus ganas de dormir y haría dudar a aquel Dragón sobre si aparecer o no.
Eras canciones inventadas sobre la marcha, que hablaban sobre el gran Enabinod y su lucha contra el temible Dragón.
Enabinod es un luchador que al Dragón con la espada en su cabeza le hará sentir terror.
Enabinod es un luchador que al Dragón con su escudo le hará correr de horror.
Y mientras cantaba se miraba en el reflejo de su ventana. La noche ya era muy oscura y pudo ver como la luna aparecía en aquel cercano marco. Extraño efecto, pensó.
Luego simplemente la casa desapareció.
Y Enabinod se levantó presintiendo que el gran momento había llegado.
Y era otra vez de día. Las nubes en el cielo tenían formas reconocibles. Formas de animales feroces.
Y al mirar al suelo comprobó que se encontraba en un prado, muy cerca de un acantilado. Y más allá, el mar. Azul verdoso, o verde azulado.
Grito lo más alto que pudo como queriendo ahogar sus miedos, “Dragón, aquí estoy”.
Y el eco, aquel que produjo el acantilado le respondió con su misma voz
- ¡Enabinod, aquí estoy!”.
El combate no comenzó y Enabinod, después de un rato se sentó. Aquel Dragón no aparecía y contra nada el no se enfrentaría.
Mirando en dirección al mar observó como un velero se aproximaba. Un gran velero blanco, con sus largas velas extendidas mientras el viento las mecía y empujaba a la costa.
Por un camino estrecho bajo hasta la playa de roca de aquel acantilado.
Restos de naufragios por todos los lados encontró. Además, espadas y escudos de madera allí vió.
Estaba claro, antes otros ya se habían enfrentado al Dragón y aquí habían acabado sus días. Y eso le hizo pensar - ¿podría yo con el Dragón?
Muchas preguntas y ninguna respuesta.
Al llegar el barco a la playa observó como nadie ni nada se encontraban en el. Y decidió que subir en el mismo era quizás lo mejor para finalmente poder enfrentarse al enemigo de todos los niños y niñas del mundo.
El barco se movió y súbitamente cambiando el viento de dirección lo empujó hacía el mar abierto.
- ¿Esto no lo esperaba?, pensó Enabinod. Y sintió algo que nunca había sentido. Y como no sabía lo que era no le puso nombre.
Si hubiera sabido lo que era entonces hubiera podido saber como enfrentarse a el. Sentir miedo es algo normal. El miedo nos avisa de algo. El miedo nos hace pensar sobre los riesgos. El miedo nos hace valorar aquello que tenemos y defenderlo. Nos hace valorar de la misma forma aquello que no hacemos.
Pero Enabinod no sabía como luchar contra aquello.
Y se sentó en una esquina del barco. Y empezó a temblar. Pero no tenía frío. Era extraño y no le gustaba sentirse así.
- ¡Quizás si otro niño me ayudara sería todo más fácil! ¡Quizás si hubiera abierto la puerta a mis padres ellos me hubieran convencido de no luchar!
- ¿Y por qué tengo que luchar yo contra el dragón para salvar a todos los niños? Ellos se meten conmigo y no quieren ser mis amigos y yo ¿voy a defenderles? - Y Enabinod pensó y pensó.
Durante el tiempo que duró el viaje pudo ver como los animales que antes volaban sobre sus cabezas en forma de nubes ahora se metían dentro del agua para transformarse en animales acuáticos.
Pero del gran Dragón ni rastro.
Uno que parecía una gran ballena pero que tenía cabeza de león se le acerco lo suficiente como para poder entablar una conversación.
Y dime, dijo aquel animal, cuándo te enfrentes al Gran Dragón, ¿cómo lo harás?”
Enabinod que ya no estaba para bromas le dijo que eso era un secreto. Seguía sin saber que hacer pero algo ya se le ocurriría. El era muy ingenioso, siempre había algo que le ayudaba y por eso había vencido a todos los niños antes.
El león ballena entonces le dijo algo que seguro le ayudaría.
- El Dragón es muy juguetón y seguro que si sabes la respuesta a su adivinanza podrás ganarle sin tener que pedir perdón.
¿Una adivinanza?, en eso no había pensado. Enabinod se animo y entonces pregunto a aquel ser cual era la pregunta a la que el tendría que responder.
- Tendrás que responder a la única pregunta que el dragón sabe hacer y no es otra qué...
- ¿Si el Dragón no está, a quien entonces los niños temerán? - Por si acaso, le dijo retador. - ¿Si el Gran Dragón no está, a mi los niños seguro que no me temerán? - Y desapareció tan rápido como había llegado. - La próxima vez te pillaré, - gritó.
- ¿Qué estaba pasando? - se preguntaba. Todo el mundo parecía saber la pregunta que aquel horrendo Dragón le haría.
Al próximo en aparecer con su espada le sacaría toda la información.
Esta vez una sirena con cuerpo de sirena y cabeza de sirena se le apareció. Sin mediar palabra Enabinod con su espada a la cabeza le apunto y amenazo, - ¡si no me dices la respuesta tendrás un gran chichón!
La sirena un grito soltó, tan alto que hasta Enabinod se asusto y sin querer, la espada al agua cayó. La sirena se hundió y solo con el escudo Enabinod se quedó.
- ¡Maldita sea! Menudo susto cuando ella gritó - pensó. Ahora sin espada y sin respuesta a la adivinanza no podré derrotar al Gran Dragón Encantador.
Y asomado por la borda, tratando de coger su espada, la solución pensó que encontró y cuando el barco por fin atracó en aquel puerto el casi ni se entero.
Las velas se enrollaron ellas solas y entonces Enabinod se levantó y vio aquella isla por primera vez. Pero esta isla tenía algo raro. Era muy pequeña, del tamaño de cinco minutos andando de extremo a extremo. Y en el centro había un castillo.
Al acercarse observó que tenía la puerta abierta. Y al entrar comprobó que no había nadie.
Pero bajando de una de las torres el Gran Dragón allí de frente se encontró.
No era tan grande como el había imaginado. Ni tan pequeño. Ni tan feo, ni tan guapo. La verdad es que no sabía a que se enfrentaba. Pero eso no era un problema para el.
- ¡Seas lo que seas te derrotaré! Enabinod el valiente gritó.
El Gran Dragón, que con su gran cola en movimiento allí le esperaba impávido, le invitó con un gesto a sentarse cerca de el.
Ya en el suelo preguntó,
- ¿Por qué quieres siempre hacer daño a los niños?
Y el Dragón sonrió.
Luego, antes de responder la esperada pregunta escupió
- ¿Si el dragón no está, a quién entonces los niños temerán?
Enabinod, que ya tenía una respuesta, antes indago.
- ¿Y si te lo digo, que conseguiré yo a cambio?
El Dragón se levantó y agitando sus alas a Enabinod verbalmente se enfrentó.
- ¡Te daré lo que me pidas!
Enabinod entonces pensó en lo que más le gustaría sería tener amigos y así se lo hizo saber. Pero también le puntualizó. Pero unos que fueran de verdad y no aquellos que le estuvieran todo el día diciendo que tenía que hacer o dejar de hacer.
Entonces contestó a la cuestión:
- La respuesta a tu pregunte es, si el dragón no está, entonces de lo que no conocen los niños temerán.
Y el Gran Dragón sonrío como complacido, por lo que Enabinod pensó que se había equivocado de respuesta.
- ¡Ahora debes irte y la respuesta al llegar a tu casa la sabrás¡
Enabinod quiso quejarse pero para cuando lo quiso hacer se encontró de nuevo en su habitación. ¿Se habría quedado dormido y todo aquello había sido un sueño?
¿Aquello que había vivido era una pesadilla?
Sin hacer mucho ruido abrió la puerta de su habitación (no tenía sentido seguir encerrado) y se metió en la cama.
Al día siguiente al llegar a clase se fijo que los niños no habían ido a clase. Solo lo había hecho el.
Y preguntó a la profesora y ella contesto:
- ¡No lo sabes, pues eres el único! El dragón al que tanto miedo tenían se ha ido para siempre y ahora no quieren hacer nada de lo que se les dice que hagan.
- Tú haz lo que quieras también. Nadie te obliga a venir aquí. Ahora sin Dragón me quedaré sin dar el sermón. Para antes de acabar la frase el ya no estaba.
Enabinod, asustado pero feliz al mismo tiempo corrió al rió y allí se encontró con sus compañeros y futuros amigos.
Y cuando el llegó todos cantaron la canción del vencedor.
Enabinod es un luchador que al Dragón con la espada en su cabeza le hizo sentir terror.
Enabinod es un luchador que al Dragón con su escudo le hizo correr de horror.
Luego entonces, no había sido un sueño pensó. Era verdad, había ganado al Dragón. No exactamente como decía aquella canción, pero eso daba igual ya.
Lo importante es que ahora tenía muchos amigos y todo el mundo le quería.
Pero al querer acercarse, ellos, sus nuevos amigos, se alejaron. No querían jugar con el.
No querían ser sus amigos.
- ¿Qué os pasa? preguntó.
- ¡Yo os he salvado del Gran Dragón! Yo he hecho que desaparezca. ¿De que tenéis miedo entonces?
Y todos le dijeron - Si el Dragón no está, entonces de Enabinod los niños temerán.
Y llegando desde el cielo el Gran Dragón apareció y los niños corriendo a la escuela se fueron.
Ahora no era de Enabinod de quién temían, sino del Gran Dragón que les decía:
- ¡Si no hacéis lo que dicen los mayores yo a dentadas os comeré!”
Y entonces Enabinod entendió que los amigos no se pueden hacer si al mismo tiempo les haces tenerte miedo. También supo que el Gran Dragón se había sacrificado y que nunca tendría amigos. Y por eso vivía solo en una isla. Y aquella vida no la quería para el.
Se dió cuenta que era importante que aquel monstruo encantado existiera, sobre todo para que el pudiera estar con otros niños, jugando y también, estudiando con ellos.
El Gran Dragón entonces a Enabinod se giró y enseñando una gran sonrisa le insinuó - has fallado en tu respuesta.
- No tenemos miedo a lo que has dicho, tenemos mucho más a lo que si conocemos y por eso los niños te han elegido a ti como mi sucesor. Pero tu no estás preparado aún ni seguramente jamás lo estarás.
- Todo está en tu cabeza Enabinod. Pero es tu obligación utilizarla correctamente y sobre todo no olvides que sea tu corazón el que finalmente decida.
- La imaginación es el mayor arma jamás creada, que puede ser tu más feroz enemigo pero también puede ser el mayor regalo si lo sabes utilizar bien.
- No podemos tener miedo a lo que no conocemos por la misma razón de que no podemos respirar el aire que no tenemos, o no podemos ver lo que no existe.
- Solo podemos “imaginar” lo que no conocemos, por lo que uno debe siempre, antes de darle forma a aquello que no existe, pensar en que lugar nos deja a nosotros dentro de ese, aparentemente, precioso o terrible gran lugar.
Mientras Enabinod escuchaba al Gran Dragón, la abuela acudió en cuanto los padres le llamaron. Aunque era pronto ella sabía que le llamarían así que espero vestida toda la noche.
Enabinod en realidad no despertaba y los padres se alarmaban. Estaba viendo un sueño dentro de otro sueño.
- ¿Está muerto? preguntó la madre.
- ¡No lo creó!, respondió el padre. Su corazón late y su boca de lata se mueve como si hablara para dentro, ya que sonido alguno emite.
Antes de llamar al médico la abuela en la casa entro y a los padres calmó.
- El está bien, solo que le llevará un tiempo despertar - y efectivamente, eso a los padres llenó de paciencia y amor, esperando despertara su joven varón.
Enabinod, después de unos dos días de viaje de ensoñación volvió. Mientras el dormía, la madre le daba la comida que el masticaba y tragaba, por eso, al despertar, exactamente igual de salud que antes de dormir se encontraba.
Lo primero que dijo fué, - he visto al Dragón y he aprendido la lección. Ahora tengo sus poderes y conocimiento.
Luego la historia de su aventura les contó. Mientras lo hacía la abuela sonreía. Esa historia la conocía ya que ella la había vivido.
Al volver a clase sus compañeros le escucharon con atención. El habló de haber visto un malísimo Dragón, y que gracias a sus suplicas pudo escapar. El Dragón existe insistió. Y además es tan fuerte como siete de nuestros mayores. Y los demás niños exclamaban asustados “Enabinod, eres un valiente”.
Una vez más, como en tantas otras ocasiones, la profecía se cumplió.
El Gran Dragón existe y ha sido visto por uno, que con su espada y escudo le reto y luego, aquellas armas en la playa del acantilado dejó, ya que contra si mismo finalmente lucho y con la ayuda del Gran Dragón venció.
La mayor lucha que libra cada uno de nosotros en esta vida es contra nosotros mismos.
Fin
Para cuando acabé de leer el cuento mi hijo ya se había dormido. Quizás estaría con Enabinod luchando contra sus propios miedos. O quizás esté con el Gran Dragón jugando a las adivinanzas.
Y se me ocurre una para acabar este cuento.
"No existe, no esta escrita, no se come, ni se lleva ni se trae, está en todos los sitios y en ninguno y cuando se le llama como un eco al revés en su idioma nos repite, no icani gami” ;-)
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